RELATOS AUTOR: Rayón
TITULO: Manuel y sus encuentros con
lobos
e-mail: Rayoncete@eresmas.com
COMENTARIO:
"Manuel y sus encuentros con lobos"
El protagonista de la siguiente
historia que se desarrolla a finales de los años cincuenta y principios de los
sesenta, es un chaval llamado Manuel, nacido y criado en la zona de Sierra
Morena de Jaén que hay entre el Santuario de la Virgen de la Cabeza y El
Centenillo. Manuel vivió en esa zona de sierra durante los veinte primeros años
de su vida, pero no a temporadas o en vacaciones, lo hizo durante todos y cada
uno de los días de esos veinte años.
Al cabo de un tiempo de haber emigrado
de la sierra, un día que estaba hablando con unos amigos en Madrid y surgió el
tema del lobo, les dijo que él sobre este animal les podía decir que cada una de
las veces que lo había visto había sido de forma diferente, que unas veces lo
había visto solo, otras en pareja y otras en piara, y que la primera vez que
lo había visto, él tenía ocho o diez años.
Ese día acompañaba como morralero
a su padre a un ganchito a los marranos en la "Umbría del Moral", una umbría
situada frente al Cerro de Cabeza Parda, pero en la vertiente sur de la loma o
cuerda por la que sube la carretera que lleva desde Andújar a El Centenillo.
Al rato de estar sentados en el puesto, Manuel ya estaba como siempre,
enredando con un palo en la tierra, cortando ramas de la matocada del puesto,
sobresaltándose cada vez que oía el aletear de algún zorzal de esos que pasan
en vuelo rasante "quitándote la gorra", y hablando hasta por los codos, el caso
era no estarse quieto y hacer todo el ruido que podía y alguno más "jorobando" a
su padre, cuando el hombre por no hacer ruido ni tan siquiera pestañeaba. De ahí
que en más de una ocasión, su padre le diera un golpecito con los dedos en el
hombro indicándole que se estuviera quieto sin hacer ruido, ya que de lo
contrario no les iba a entrar ningún marrano. Pero una de esas veces que le dio
en el hombro, al volverse hacia él mirándolo con cara de miedo esperando la
regañina y hasta algún capón, lo que hizo fue indicarle con el dedo índice el
pecho de enfrente, la solana, para que viese la carrera de un lobo solitario que
había salido "zapeado" de los perros incluso antes del que los
soltasen.
Esa fue la primera vez que Manuel decía haber visto un lobo en la
sierra, y según decía, esa había sido una de las experiencias más positivas que
había tenido en su vida, pues después de haber oído tantas veces a su abuela y a
una de sus tías asustar a sus primos y también a él cuando iba por el pueblo
diciéndoles no sé cuantas cosas terribles del temido animal y poniéndolo como la
peor y más terrible de las fieras, pudo comprobar con sus propios ojos que ese
animal no era nada de eso, sino todo lo contrario, que se trataba de un animal
con una belleza y majestuosidad increíble, y que además huía de los humanos con
el mayor de los miedos por lo que pudiesen hacerle, no que él los buscase para
hacerles daño o devorarlos como tantas veces hasta ese día les había oído decir
a los mayores para asustar a los pequeños. Incluso Manuel decía recordar que le
había mirado a su padre su velluda mano para comprobar si realmente se le ponía
el vello de punta al ver al lobo como también les había oído decir
infinidad de veces a los mayores que pasaba.
Pero al final y, según decía, ni
vello de punta ni "na de na". De lo que realmente decía haberse dado cuenta ese
día, es de que todo lo que hasta entonces había oído hablar sobre el lobo solo
habían sido fábulas y más fábulas sin el mínimo fundamento.
Cuando acabó el
ganchito y volvieron a su casa, Manuel no paraba de hacerle preguntas a su padre
sobre aquel animal, y de entre todas las explicaciones que recordaba que le
había dado, decía que la que más se le había quedado grabada, era que el lobo
podía estar allí solo, por dos motivos diferentes, porque fuese un ejemplar
adulto que se había apartado de la manada por sentirse autosuficiente a la hora
de cazar y así no tener que repartir la caza con nadie, o porque hubiese perdido
su jerarquía en la manada por ser un viejo lobo disminuido ya en fuerza y
hubiera sido expulsado de ella y de su zona de caza por otro ejemplar más joven
y fuerte, que podía ser por una de las dos causas.
La segunda vez que
Manuel vio los lobos en Sierra Morena fue cuatro o cinco años después, ya tenía
catorce o quince. Ese día estaba puesto de espera de marranos en una charca.
Según decía la noche era muy clara, preciosa para vivirla en la sierra, era una
noche de luna llena y una temperatura muy agradable para ser como era invierno,
vamos, que era una de esas noches de las que además de disfrutar de la caza se
disfruta del entorno y hechizo que tiene la noche cuando se vive en lugares como
aquel.
Cuando Manuel llevaba más o menos una hora sentado en el puesto ya
oía un marrano acercarse a la charca como primer visitante de la noche, lo tenía
muy claro, el marrano estaba a punto de entrar y de producirse el tan esperado
lance, pero cuando ya las palpitaciones estaban a punto de sacarle el corazón
por la boca, ocurrió algo muy extraño. El marrano empezó a bufar y correr hacia
atrás como si hubiese visto al mismísimo Diablo. Aquello a Manuel no le cuadraba
para nada, era imposible que se hubiese espantado por la presencia de alguien
que por allí pasara, ya que el lugar era de lo más recóndito y agreste. Según
decía ni a las águilas les apetecería pasar por allí ni aún siendo de día, y el
aire le iba de maravillas, le daba en la frente. Pero cuando estaba pensando y
dándole vueltas a su cabeza tratando de adivinar los motivos de le espantada de
aquel bicho, vio con el rabillo del ojo un bulto moverse entre unas jaras que
había en el filo del monte que rodeaba la charca.
!Se fijó bien y, al verlo,
lo primero que le vino a la cabeza fue que posiblemente era un perro que se le
había perdido a alguien de una rehala y que le había "dado la noche". Sin
embargo, al dar el animal unos pasos hacia el pelado que rodeaba la charca,
Manuel pudo comprobar con toda claridad que no era un perro, que se trataba de
un lobo y además bastante grande. Pero su sorpresa y asombro fueron aún mayores
cuando por los pasos del primero vio aparecer otro. Allí los tuvo Manuel delante
de él unos cuantos minutos a quince o veinte pasos mientras contemplaba su
belleza y buenas formas de proceder, pues estuvieron jugando y acariciándose de
la misma forma que lo podían haber hecho las más tiernas y cariñosas de las
criaturas, hasta que Manuel les hizo notar su presencia, que fue cuando salieron
corriendo barranco abajo como almas que se lleva el Diablo.
Su tercer
encuentro con lobos en Sierra Morena también fue otro día que estaba puesto de
espera de marranos, pero esta vez era de amanecida, cuando los marranos regresan
de los encinares de comer bellotas durante la noche hacia sus encames en el
monte.
Estaba ya casi saliendo el sol y hacía un frío del que cala hasta los
mismos huesos, sobre todo por ese airecejo que suele levantarse un rato antes de
su salida.
El puesto lo había hecho en un arroyo que separaba una umbría muy
grande y tupida de monte de una solana más despoblada de él, que era por donde
debían bajar los marranos a meterse en la umbría a encamarse.
Desde el
arroyo a la ceja donde quebraba la solana hacia abajo había al menos doscientos
cincuenta metros, así que podía ver los marranos venir mucho antes de que
llegaran a ponerse a tiro.
Pero una de las veces que estaba "recorriendo o
barriendo" la solana con su vista, entre dos grandes matocadas de lentiscos vio
aparecer un bulto. Como ya sabéis los que habéis practicado esperas, el corazón
le pegó a Manuel un vuelco de la leche y empezó a prepararse para el tan
esperado encuentro, pero al momento, después de haber hecho el animal una parada
para observar el entorno, comenzó a andar otra vez hacia abajo, y ahí fue donde
Manuel pudo ver con toda claridad que no era un marrano lo que bajaba hacia él,
sino un lobo adulto que además iba acompañado por otros dos de menos alzada
(debía ser la loba madre la que encabezaba el grupo y dos crías las que la
seguían) que caminaban detrás.
Siguieron solana abajo muy recelosos, pues de
vez en cuando se paraban y con la cabeza en alto miraban hacia todos sitios como
si estuvieran intuyendo el peligro que les podía esperar en el arroyo, hasta que
los tenía a unos ciento cincuenta pasos, que fue cuando después de una de las
paradas desviaron "su viaje" hacia la derecha de Manuel para ir a cruzar el
arroyo mucho más debajo de donde él estaba puesto.
Con lo anterior Manuel no
les quería decir a sus amigos nada sobre las pautas de comportamiento de los
lobos en cuanto a lo de ir por la sierra acompañados o solos, él lo único que
quiso fue contarles como los había visto por Sierra Morena, pero nada más, pues
Manuel tenía muy claro que las verdaderas pautas de conducta y comportamiento de
este animal son bastante difíciles de saber, sobre todo en Sierra Morena, donde
el lobo al contrario que en otras zonas o comunidades es muy difícil de ver, y
aún más de estudiar. Tanto pensaba que era así, que él decía que en esa sierra
que conocía muy bien, siempre había pensado que había más lobos de los que
realmente se decía que había.
Lo anterior decía que se podía deber a las
grandes manchas de monte que había en esa sierra y la gran cantidad de especies
mayores de caza que también se cobijaban en ellas, pues esto hacía posible que
el lobo pudiese comer dentro de la espesura del monte sin tener que salir a
buscar la comida a las zonas con más claros y visitadas por los humanos, como
suele ocurrir en otras zonas o comunidades, donde además de no tener tanto
cobijo y comida, en las épocas en que nevaba, (algo que raramente ocurría en
Sierra Morena) tenían que bajar hacia las zonas más bajas y a su vez más
visitadas por la gente.
De todas formas, seguro que algunos de ustedes se
estarán preguntando que como estando considerado el lobo como un animal dañino e
incluso premiado darle muerte en la época en que se desarrolla la historia,
finales de los cincuenta y principios de los sesenta, Manuel no le tiró a los
lobos en aquellos encuentros que tuvo con ellos. Pues bien, les hago la
aclaración: aunque del lobo decían en aquella época verdaderas barbaridades,
sobre todo los ganaderos, el padre de Manuel siempre le decía a éste, que todo
eran cuentos chinos, que por allí el lobo era muy raro que hubiese atacado a las
ganaderías, que allí no había tantos lobos como para tener que atacar a los
animales domésticos por faltarles la comida, que las únicas veces que habían
aparecido cabras u ovejas despeñadas o destrozadas por aquella zona, aunque
hubiera personas que se empeñaran en que habían sido los lobos, él tenía más que
claro que eran actuaciones de perros abandonados hasta por los mismos ganaderos
cuando a principios de verano se marchaban con sus ganados de esa sierra
hacia otras zonas mas frescas de nuestra geografía, pero las muestras que
quedaban de estos ataques, él tenía muy claro que no eran para nada de lobos.
De lo anterior es de donde a Manuel le venía más pena que rabia hacia este
precioso animal. Y es que aunque piensen lo contrario, no todos los serreños le
tenían tanta manía como decían a los lobos, ya que estos conocían muy bien al
lobo y sus actuaciones, unas actuaciones que para nada las consideraban tan
terroríficas como otras personas decían.